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Art Works: Dan LuVisi

Dan LuVisi es un artista digital residente en Santa Mónica que trabaja en la industria cinematográfica, videojuegos e ilustrando comics. Empezó a dibujar tomando como referencia a Las Tortugas Ninjas y no ha parado de dibujar desde entonces. Seguro que ésta es una buena forma de acabar la semana. :wink:

Enlace: Dan LuVisi

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Masacre del Boyd: El canibalismo como venganza

La masacre del Boyd ha pasado a la historia por ser uno de los actos de canibalismo más sangriento de la historia reciente de la humanidad. En ella, 66 tripulantes de una embarcación fueron asesinados y sufrieron el canibalismo en Whangaroa por una grupo de maoríes a modo de venganza por la paliza que había recibido el hijo de uno de ellos.

Puerto de Whangaroa

El Boyd era un barco bergantín que en octubre de 1809 salió del puerto de Sidney en Australia transportando 70 pasajeros y otros tantos tripulantes al puerto de Whangaroa en la isla norte de Nueva Zelanda.

George, que era el hijo del jefe Maorí de Whangaroa, había aceptado pagarse el traslado en barco a su tierra natal trabajando a bordo del barco. Una vez iniciado el viaje, George se negó a obeceder órdenes, recurriendo para ello a su origen noble y sus problemas de salud. Como castigo por su desobediencia fue fustigado, hechos que no dudó en contar a su padre a su llegada a Whangaroa en diciembre de 1809.

Tres días después de la llegada del Boyd, los maoríes invitaron al capitán Thompson a seguir a sus canoas en busca de madera de kauri. Thompson y otros cuatro tripulantes siguieron a las canoas hasta la entrada del río Kaeo, mientras el resto de la tripulación se mantuvo a bordo con los pasajeros preparando el navío para el viaje de vuelta a Inglaterra.

Cuando los barcos estuvieron más allá de la vista del Boyd, los maoríes atacaron a los extranjeros, matándolos con garrotes y hachas. Después algunos maoríes quitaron las vestimentas a las víctimas y se las pusieron a modo de disfraz, mientras el resto trasladaban los cuerpos al pueblo para practicarles canibalismo.

Ilustración del asalto al Boyd

Al anochecer, el grupo de maoríes disfrazado se introdujeron en el Boyd, que se mantenía anclado al puerto, donde fueron recibidos por el resto de la tripulación, mientras otros maoríes aguardaban la señal para atacar. Tras la muerte del oficial del barco, los intrusos hicieron la señal, a la cual el resto de atacantes se introdujeron en la cubierta, matando a hurtadillas a gran parte de la tripulación restante del Boyd.

A la mañana siguiente Te Pahi, un importante jefe de la cercana población de Rangihoua llegó al puerto de Whangaroa, y al encontrarse con el dantesco espectáculo, intentó ayudar a los supervivientes a salir en su canoa. A no conseguirlo, los habitantes de Whangaroa determinaron que no eran de su importancia los sucesos acontecidos, y le obligaron a ver cómo mataban y practicaban canibalismo al resto de la tripulación superviviente, dejando únicamente cuatro supervivientes, una mujer y tres niños.

Los días siguientes, durante el pillaje del barco, tomaron mosquetes y pólvora, pero en las pruebas del mosquete dentro del barco incendiaron los depósitos de pólvora causando una explosión que mató al menos a 10 maoríes.

Ilustración de la destrucción del Boyd

Cuando las noticias de la masacre llegaron a oídos europeos, se organizó expedición para rescatar a los cuatro supervivientes y tomar represalia. Irónicamente, pese a los intentos de Te Pahi por liberar a la tripulación superviviente en diciembre de 1809, durante los enfrentamientos de 1810 fue asesinado por las fuerzas europeas.

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Relato: La reina serpiente

Os dejo con un cuento ilustrado de un amigo bloguero: Jesús Ángel Ortega, tanto la narrativa como ilustraciones son suyas, según él:

Todo comenzó al ver el anuncio del certamen patrocinado por  la Biblioteca Pública de Guadalajara, que, siguiendo con el tema del Maratón de cuentos de Guadalajara de este año, y para celebrar el día del libro 2010, tenía como lema: “Crea un malo de cuento”.

A mi me ha encantado, por mi le daba el primer premio, espero que os guste tanto cómo a mí, o incluso más.

Durante aquellos aciagos años, donde la maldad y las plagas campaban a sus anchas por la tierra, el mar era el único lugar seguro para vivir y los marineros éramos los más afortunados entre los mortales.

Navegábamos esa mañana por el gran océano interior buscando, en las obsoletas cartas de navegación que habíamos podido comprar en el corrompido puerto de Amoun’Na, un lugar donde aprovisionarnos, cuando apareció ante nosotros una isla bastante frondosa con una ensenada tranquila y un pequeño puerto pesquero. Los mapas adquiridos no reflejaban su existencia pero la situación no nos era extraña, como otras veces, aprovechamos para completar aquellas cartas con la ubicación del paraje que habíamos encontrado, con el propósito de copiarlas luego y venderlas en otros puertos.

Al fondear nuestra nave y desembarcar, nos extraño la inquietante soledad del puerto. No había ni un alma, solo alguna rata se deslizaba entre los barracones polvorientos.

Subimos una pendiente hasta un montículo, donde pudimos contemplar un extraño pueblo que se extendía al sol como si fuera pescado salado. Aquellas casas blanqueadas deslumbraban la vista, pero no lo bastante como para no poder percibir una absoluta quietud. Solo un hombre oscuro e imponente nos observaba de pie, delante del cercado de madera podrida que rodeaba aquel asentamiento aparentemente abandonado.

Venciendo algunas supersticiones y el miedo, nos dirigimos hacia aquel hombre que parecía vigilar el silencio del extraño poblado fantasma.  Mientras nos acercábamos, sentimos  como se helaba nuestra sangre.  Él nos escrutaba como si estuviera leyendo nuestros pensamientos.

Al parecer no detectó dobleces en ninguno de nosotros. Le saludamos. Tras una larga pausa, como saliendo de un trance, entabló conversación. Con su voz cavernosa accedió a que su pueblo nos aprovisionara, pero demandó a cambio nuestra ayuda para aquello que acabaría convirtiéndose en una de las aventuras más alucinantes que experimentaríamos en aquellos años de incansable navegación.

Ante una frugal cena, compuesta de tortillas y frutas, pero acompañada con un agua de manantial excelente, Tsna Pá, que así se llamaba el hombre imponente, nos narró cómo, al menguar la luna, su pueblo había recibido la visita de las huestes de la reina serpiente, una ambiciosa mujer que apreciaba su belleza más que cualquier otro tesoro y cuyos esbirros recorrían las islas de aquellos lugares en busca de muchachas jóvenes a las que robar su juventud mediante encantamientos. De las mujeres que esta arpía raptaba nunca más se sabía. Todo el mundo estaba aterrado, pues las creían muertas.

Tsna Pá era un mago poderoso. Si hubiera estado en el pueblo, los ejércitos de la reina serpiente no se hubieran atrevido a actuar, pero aquel día no estaba allí. La princesa Tani y otras seis jóvenes habían sido atrapadas. Había que rescatarlas antes de que fuera demasiado tarde, antes de que su vida fuera absorbida por la demoniaca reina.

La isla que la reina habitaba, estaba en algún punto hacia el ocaso y las embarcaciones pesqueras de que disponía el pueblo de Tsna Pá no eran adecuadas para aquellas aguas. Nuestro barco en cambio sí podría surcarlas sin problema debido a su mayor calado.

Tras cuatro días de navegación, vislumbramos el perfil del castillo de la reina maldita tras la densa bruma. Un dragón guardián salió a nuestro encuentro. Sobrevolaba en círculos, peligrosamente, pues casi rozaba el velamen. Nos sentíamos como presas listas para la caza. Todos estábamos aterrorizados pero el mago volvió a congelar nuestros corazones cuando, con su voz profunda, recitó unas extrañas letanías que petrificaron temporalmente a aquel gigantesco animal alado, que acabó retirándose entre la niebla.

Pudimos desembarcar en aquella isla sin percances. Solo tuvimos que reducir a unos pocos guerreros que, sorprendidos, acabaron huyendo por la playa. Ante nosotros se erguía el castillo de la ladrona reina bífida. Debía de sentirse muy segura en aquella guarida, pues, al margen del dragón y de los guardianes huidos, no había más vigilancia.

El misterioso Tsna Pá conocía bien la ambición y los dominios de la soberana, así que no tardó en garantizar el acceso al inexpugnable castillo a través de unos pasos subterráneos secretos, organizando también el ataque y la búsqueda de la princesa Tani y de las otras jóvenes.

Él se encargaría de neutralizar a los pérfidos magos de la reina, aquellos brujos que mediante sus conocimientos y fórmulas, posibilitaban los raptos y el robo de la belleza para su ama. No eran ningún problema para él, dijo, pues solo les inspiraba el poder y la riqueza.

Nosotros, los marineros, nos encargaríamos de buscar a las raptadas en las mazmorras de la fortaleza, así que hacia allí encaminamos sigilosamente nuestros pasos.

Ya en los húmedos calabozos, tras una puerta de hierro, nos sobresaltó un gemido. Derribamos entre todos aquel obstáculo y a través del sofocante vapor del fuego blanco vimos con horror un engendro del demonio que se disponía a torturar a la princesa Tani.

Una vez más, fue la sorpresa nuestra principal aliada. En un momento, aquel despojo maldito yacía ensangrentado en la losa. Ya no volvería a causar sufrimientos nunca más.

Liberamos a la princesa de sus ataduras. Gracias a los dioses del mar no había sufrido ningún daño. Tampoco el resto de las muchachas habían sido sacrificadas, así que derribamos las puertas de los calabozos hasta que pusimos a todas a salvo.

Mientras nosotros nos dedicábamos a estas tareas de socorro, nuestro capitán, el aguerrido Ésparus, había continuado hacia los aposentos reales, en los pisos superiores de la torre mayor, dispuesto a enfrentarse con la bella y peligrosa incitadora del mal.

Un dulce aroma a incienso y albahaca inundaba la estancia donde la reina se contemplaba perezosamente en un espejo.

Vio a nuestro líder a su espalda y su jovial rostro reflejó aquello que hasta entonces solo había infligido: ¡un miedo atroz!

Habló al guerrero dócilmente y le ofreció poder e inmensas riquezas. Pero Ésparus era bien conocido por su integridad. Replicó a la reina diciendo que sus fechorías habían finalizado allí, que aquellos a quienes había maltratado la juzgarían.

Estas palabras debieron sonar como truenos en sus oídos, pues no había acabado nuestro capitán de argumentar, cuando la reina comenzó a mutar en un ofidio, sin duda venenoso. Con su rapidez legendaria, Ésparus, atrapó con un tapiz a la reina serpiente en plena transformación, introduciéndola en un lujoso y pesado recipiente de aceitunas.

Cuando volvimos con el poderoso mago Tsna Pá a su isla, con la princesa Tani y las muchachas rescatadas, el pueblo fantasma despertó. Nos agasajaron con varias semanas de fiesta antes de que prosiguiéramos nuestro viaje por aquellos mares desconocidos.

Dejamos atrás esta aventura llevándonos un peligroso recuerdo. Aquel recipiente para aceitunas, era también mazmorra de una serpiente que un día fue una bella y cruel reina.

Fragmentos e ilustraciones sacados del genial blog El Jergón de Long Jhon Silver

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Nuria Fortuny – Pinturas

El otro día en un bar con wifi llamado “Es Glop” al que puedes ir con tu portátil y si pides algo te puedes conectar gratis a internet, me fijé en un cuadro que había colgado en la pared muy bonito, estaba firmado con el nombre de “Nuria”, pregunté al dueño del bar que es muy simpático y me dijo que los hacía una chica de Formentera, así que busque en internet Nuria-Cuadros-Formentera y me apareció su página web que muestra en una galería algunas de sus obras de las que he hecho una pequeña selección para que véais un poco de su trabajo.

Enlace | Nuria Fortuny

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Rudolf Herczog – Imágenes del futuro

Artista freelance nacido en Budapest.  Sus creaciones son monumentales visiones de un futuro imaginario -realizadas en 3d con aplicaciones como Cinema4d, Bryce 5.5 y photoshop- en las que demuestra su maestría en el uso del software así como una desbordante creatividad.

Nota sobre los derechos de autor.- las imágenes que acompañan a esta entrada son propiedad de Rudolf Herczog y se muestran aquí a modo de exposición de su obra. Enlace- Web de Rudolf Herczog

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